Diciembre

Yo entonces tenía treinta y cinco años y dormía en un pequeño hostal de una ciudad extranjera. Encontré el sitio un poco por casualidad, como todo lo que sucedió durante aquel viaje. Esa noche no pude dormir nada por culpa de unos mosquitos. No penséis que soy muy delicado, puedo dormir con uno o dos mosquitos dando por saco, pero aquello era un ejército. En algún momento de la madrugada, después de espachurrar quince o veinte, escribí una nota aceptando mi derrota, la dejé junto a la litera, y bajé a la sala común. Es el tipo de tonterías que suelo hacer (la nota).

Allí en la sala común había dos tipos bebiendo cerveza, los saludé y me senté en un extremo de la mesa.  A mi no me apetecía beber así que abrí mi cuaderno y escribí: “Bien, así están las cosas…” Después entré en Internet y la encontré. Escribí unos correos electrónicos, cerré el cuaderno, cogí la mochila del suelo, me eché la cámara al hombro y salí a la calle. Me monté en un autobús y estuve fuera de esa ciudad una semana. Cuando volví estaba allí, con sus manos y todo lo demás. Cuando revisaba las fotos, poco antes de coger un avión, me acordé de aquella noche. “Qué extraño”, pensé. 

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